viernes 19 de junio de 2009

Pablo+Anna: La Vuelta al Mundo en 10 Años

Extraido del blog de viajes de Pablo y Anna: La vuelta al mundo en 10 años


http://viajeros4x4x4.wordpress.com/


Así comienza el libro. Y la historia de La Vuelta al Mundo en 10 Años


Siempre ocurre más o menos lo mismo: cuando uno se acostumbra al ritmo de las vacaciones suena un teléfono o una llamada de Dios, Allah, Jehová o la conciencia proclamando que hay que volver a trabajar. A veces es el mismo pipipí de tu móvil lo que te despierta en un lugar extraño que comenzaba a hacerse habitual. Pero no, tu teléfono está apagado, lo prometiste.

Igual te sobresalta y en un acto reflejo digno de un perro fiel tu mano se abalanza al bolsillo. En ese instante, mientras tanteas la realidad pringosa de tu protector solar, un segundo, el mundo se hace pedazos. Todo se tiñe de gris, Hiroshima en la cabeza.

Entonces un regusto amargo y demoledor similar a la bilis tiñe la punta de tu lengua. Y recuerdas que ésta no es tu vida, que no vives entre palmeras ni tienes arena en el jardín, que sólo estás de vacaciones. Y murmuras un insulto que se confunde con la respuesta insulsa del propietario del jodido teléfono. No importa cómo haya respondido, yes, salam, aló, hola o diga, da igual el acento: estés lejos o cerca, has vuelto.

Esta vez, lo que disparó la acidez fue encontrar la segunda parte de un pasaje de avión que curiosamente estaba a mi nombre. Había llegado a Johannesburgo porque era el destino más barato hacia una región desconocida y un atasco de casualidades me llevaron hasta Martin, un suizo con rasta dreads que acababa de atravesar África en un Land Rover destartalado. Él buscaba gente dispuesta a compartir la gasolina y algunos dólares. Yo necesitaba sorprenderme.

Era 1999. Se acercaba el fin del milenio según los cálculos de uno de los matemáticos de Gregorio XIII, un papa que hace algo más de cuatro siglos bautizó el calendario más civilizado del mundo. En la calle el ambiente era de curiosidad afectada. La gente se había separado en dos bandos: los que estaban a favor y los que estaban en contra de la trascendencia de los años que terminan en muchos números redondos. Discutían, sí, pero al rato todos olvidaban sus diferencias y se ponían a planear la fiesta más grande de la historia.

Los únicos que parecían preocuparse eran las empresas y los gobiernos, temían que todos los ordenadores dejaran de funcionar al pasar del año 99 al año 00, la nada. Y todas las deudas, todas las operaciones, toda la riqueza y beneficios acumulados durante años desaparecieran en un segundo histórico. Abracadabra, parecía un chiste.

En los medios, pocos profetas, videntes y tiradores de cartas pronosticaban el fin del mundo ya que no era redituable. Eso de ves, yo tenía razón, se acabó el mundo no iba a funcionar. A esa altura ya no tenía dudas, las hormonas del planeta estaban revolucionadas y, lo más áspero de todo era que… a mí me daba igual.

A fines de julio había huido al sur de África aprovechando mi mes de vacaciones y una baja extra de quince días por problemas mentales. Mi cabeza ya no funcionaba bien. No estaba en lista de espera para entrar en un psiquiátrico, no, sólo me cuestionaba el sentido de las normas aceptadas como inevitables. Hay que trabajar, hay que tomar cada mañana el bus a la misma hora. O conducir en medio de un atasco, escuchando siempre la misma radio, con la misma cara de museo de cera. Hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el agua, los pañales, la escuela de los hijos, la hipoteca o el alquiler. Hay que entrar a la oficina con la primera luz del día y salir cuando se esté poniendo el sol. Es normal, la vida es así. ¿Escapar? Bebe Coca Cola y el mundo se convertirá en una fábrica de felicidad.

Los tipos de Atlanta deben haber reemplazado la cocaína por ácido lisérgico.

Sí, yo trabajaba en el maravilloso mundo de la publicidad. Hacía anuncios, desarrollaba ideas que te ayudaban a elegir la mejor cerveza, el coche que se adaptaba mejor a tus necesidades, el hotel con los mejores servicios. Me podría haber dedicado a la poesía, pero esto pagaba mejor y mi trabajo salía publicado y era visto por cientos de miles de personas. Mea culpa. En mi descargo debo decir que nunca hacía exactamente lo que me pedían. Debía contar historias en pocas palabras pero mis textos siempre eran demasiado largos. Utilizaba palabras raras, metáforas con acentos extranjeros y, de vez en cuando, dejaba caer alguna propuesta estrafalaria. Últimamente me había empecinado en encontrar la manera de colar una protesta callejera dentro de las campañas. Tomates kamikaze suicidándose contra el suelo para no caer en el viejo concubinato con la lechuga, un okupa cubierto de piercings en el anuncio hipotecario de un banco respetable y hasta frases satánicas disimuladas en los textos para una ginebra verde. Sin duda, comenzaba a volverme loco.

Lo que menos necesitaba era juntarme con otros fugitivos. A pesar de sus dreads, el suizo Martin parecía un tipo bastante cuerdo. Pero precisábamos uno más, un tercer socio o socia de ruta con quien compartir los gastos. Y eso era un problema. Casi todos los que dormían en el albergue viajaban acompañados. Muy pocos se otorgaban la libertad de moverse solos, de olvidar esa cadena refinada llamada planes y cambiar su destino en cinco minutos. Viajar para perderse. Entre los que andaban solos había unos cuantos sospechosos de haber sido abandonados por sus propios amigos.

- Inga, se llama Inga y habla poco inglés –la presentó Martin mientras desplegábamos sobre la tierra un mapa Michelin, gastado y recosido con cinta adhesiva, que ocupaba tanto como una Biblia. –¿Vamos hacia Harare?

Inga era una alemana normal, ni bonita ni fea, que trabajaba como enfermera en un pueblito cerca del mar Báltico. Ahí arriba, donde siempre hace frío. Sabía dar inyecciones intramusculares y endovenosas, tomar el pulso en la vena carótida y se había acostumbrado a cambiar los pañales de abuelitos que estiraban una mano para acariciarle un pecho.

Todo funcionó hasta que salimos a la ruta. Entonces descubrimos que Inga sufría ataques de ansiedad cada vez que se daba cuenta que estaba en un camino perdido de África. Lejos de cualquier aeropuerto. Lejos de su embajada y del hospital de su seguro médico internacional. Podía ocurrir ante la visión repentina de una pandilla de babuinos corriendo como perros por un arcén arbolado, ante una reunión de amas de casa negras frente a un colmado a punto de derrumbarse o durante un control de carretera. Esto era especialmente peligroso, sus nervios nos convertían en sospechosos de cualquier cosa: subversión blanca para derrocar un gobierno negro, inmigración ilegal y hasta tráfico de estupefacientes. Pensar en la prisión empeoraba aún más su ansiedad.

Para tranquilizarse, comenzó a morderse las manos. Pero no se detuvo en el mordisqueo inocente, no. Inga se mordía las manos hasta que la sangre brotaba densa, oscura, cansada, reencontrada. Entonces buscaba su botiquín y se curaba.

Inga se quedó con las manos vendadas en las cataratas Victoria. Fue un trueque de cromos escolar: “te cambio una alemana rara por un japonés reservado”. Takayuki era pequeño, silencioso y también viajaba solo. Su objetivo era cruzar África en patinete, motivo suficiente para que sus mejores amigos no tuvieran que inventarse excusas para ir de vacaciones a las playas de Okinawa. Llevaba zapatillas cuatro tallas más grandes, y milagrosamente aún no había sido atropellado por un camión. Pero todo llega, todo camionero tiene derecho a su minuto de fama en la prensa amarilla.

En esas pocas semanas africanas pasaron cosas extraordinarias para un oficinista cualificado: desenterré huesos de ballenas en playas deshabitadas y ascendí dunas enormes en el desierto; aprendí a caminar desarmado entre leones y elefantes y observé desde abajo las burbujas verdes de los rápidos del río Zambeze, que buscaban atraparme en sus huracanes de agua. Siguiendo huellas arañadas a la selva y senderos de arena blanda llegué a creer que era libre. Pero no, cinco semanas más tarde, en Windhoek, Namibia, metí la mano en el bolsillo equivocado y recordé que esa no era mi vida real. Que sólo era una vida prestada, vacaciones.

Volví al reino animal de Barcelona enjaulado en el asiento de un avión, entre una mujer melancólica y un vendedor de filtros de agua que hablaba compulsivamente. Acababa de terminar una semana de aislamiento en un país donde no entendía a nadie. Yo era su oído, el dummie con quien practicar el discurso de satisfacción por el buffet de su hotel-casino en Sun City y el safari entre las prostitutas negras de Johannesburgo. Eso sí que era peligroso, repetía, no esas mariconadas de tours para ver animalitos salvajes. El hombre no se cansaba. Cuando comenzó la película me puse los auriculares y bajé el volumen a cero, dispuesto a enfrentar lo que me revolvía las entrañas. El retorno a mi vida real, no demasiado distinta a la vida del vendedor de filtros de agua.

Saqué el papel arrugado que llevaba en un bolsillo desde Harare y volví a leer: La vida es todo aquello que nos pasa mientras hacemos planes. La frase era de un tipo de boca muy grande llamado John Lennon, a quien habían matado de un tiro una inesperada tarde soleada. El show ha terminado. Yo tenía una habitación empapelada de mapas, libros y revistas que me llevaban hasta el fin del mundo sin moverme de casa. Quería llegar a todos esos paraísos, pero ‘un día de estos’, ‘todavía no’ y ‘en unos años’ se habían convertido en las excusas favoritas para evitar el compromiso que implica hacer realidad los sueños.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento hipotecado supe que tenía que irme. Al otro lado estaba la vida de un extraño con trabajo estable, rutinas, obligaciones y televisor. Quedarse era tomar el camino de la seguridad, y eso significaba comenzar a envejecer. Debía reinventarme, ya había enterrado la vida que mi familia esperaba que viviera, ¿por qué no volver a hacerlo y matar la vida que uno supone que va a vivir? ¿Por qué no comenzar de nuevo?

Esa noche, después de dos horas de olernos y hablar sobre ese mes y medio que habíamos vivido separados, le confesé a Anna que no le había traído ningún recuerdo del viaje. Que sólo podía ofrecerle unas palabras envueltas, cargadas de un veneno dulce.

- ¿Quieres venir a dar la vuelta al mundo conmigo?

(Extracto del libro HASTA EL FIN DEL MUNDO)

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